Robos en las cercanías de la estación cabecera del Ferrocarril Urquiza

En el barrio porteño de Chacarita, la calle Fraga divide un mundo de otro, al igual que la noche y el día separan la violencia de la tranquilidad. Días atrás, a la madrugada, en Lacroze y Triunvirato, una joven trabajadora de 25 años fue atacada por seis delincuentes que la golpearon con palos hasta dejarla tendida en el piso. Se llevaron su bicicleta, una riñonera con un manojo de billetes y un teléfono celular que -mediante el sistema de rastreo por GPS- fue ubicado a pocos metros del lugar del hecho, en el asentamiento llamado “el Playón”.

No se trata de un hecho aislado en los alrededores de este asentamiento que creció descontroladamente, con construcciones de hasta seis pisos, detrás de la estación cabecera del Ferrocarril Urquiza, según informaron los vecinos durante una recorrida por la zona. “Fui a Villa Urquiza a visitar a una amiga y regresé en bicicleta por Triunvirato, con mi perro. Utilicé ese camino para evitar el cementerio, que es oscuro. De un pasillo de acceso al ‘Playón’ salieron seis personas. Me pegaron con palos en el brazo, la cabeza, las piernas y las manos”, explicó a este diario S.R.A., la víctima.

“Me arrastraron y quedé tirada en el piso. Después comencé a llorar y a gritar”, agregó la joven, que durante al menos una semana prácticamente no pudo levantarse de la cama por los fuertes golpes recibidos. En esa línea se manifestaron también otros vecinos de la zona.

Alejandro, un hombre que atiende un puesto de diarios y revistas en la puerta de la estación del ferrocarril desde hace 13 años, dijo: “El barrio es hermoso, pero hay que cuidarse porque cada vez se pone peor. De noche, estamos regalados”.

Por otro lado, una pareja que atiende un almacén en Forest al 600 -en el límite del asentamiento- confirmó que durante la pandemia solían ver cerca de tres arrebatos por día, pero también destacaron que el reciente despliegue de un importante operativo de prevención de la Policía de la Ciudad redujo en parte los robos al voleo en la zona. Sobre la misma calle, una mujer llamada May -dueña de otro local- dijo: “Cierro las rejas a las ocho de la noche, y me quedo solo una hora más. Luego de ese horario ya no se ven personas en la calle y los locales no atienden por la inseguridad. Los ladrones son chicos jovencitos. Dos veces me robaron con armas”.

Pandilla de adolescentes

Según datos oficiales, la banda de menores de edad que asedia a los vecinos y a quienes circulan circunstancialmente por la zona está conformada por aproximadamente veinte adolescentes de entre 13 y 18 años. Suelen ser detenidos y, rápidamente, encarcelados. Con el tiempo regresan a las andadas.

“La idea es mantener al grupo sin cabecilla, de forma permanente. Siempre aparece algún joven que quiere ser el nuevo líder. No les pegamos, no los atacamos. Investigamos y los metemos presos”, dijo una calificada fuente policial. Los delincuentes actúan siempre en los alrededores del asentamiento donde viven, tal como ocurrió con el cobarde ataque contra S.R.A.

Según datos oficiales, “el Playón” tiene nueve manzanas, 513 viviendas, y viven allí aproximadamente 2764 personas. Se trata de un barrio que inicialmente tenía condiciones de extrema precariedad, pero actualmente muchos de sus habitantes están siendo reubicados en modernos complejos de departamentos construidos por el Estado alrededor de la villa, a los que acceden con créditos de cuotas bajas.

Es un vecindario integrado por argentinos, bolivianos y una mayoría casi absoluta de inmigrantes peruanos. Y si bien en su origen fue un barrio popular, hoy las principales diferencias entre este asentamiento y el resto del barrio de Chacarita afloran como un patrón estrictamente cultural, y no económico. El 90% de las viviendas están conectadas a la red de agua potable, el 90,4% tiene acceso a la red eléctrica sin medidor y el 92,6% de las viviendas cuenta con cloacas. Solo al 7% de las casas llega la red de gas.

Despliegue uniformado

La convivencia entre los habitantes de la villa y el resto de los vecinos de Chacarita se torna difícil a causa de los asaltos. Este fue el motivo por el cual desde el gobierno porteño se dispuso la activación de un operativo reforzado de seguridad para la zona, con retenes en los principales accesos al asentamiento, con camionetas, cuatriciclos y equipos en motocicletas de despliegue rápido, creada durante la pandemia. Los oficiales cumplen con tareas de prevención, patrullaje y también de asistencia a la comunidad y resolución pacífica de conflictos. Cinco veces al día recorren los pasillos y dialogan con los vecinos para anticiparse a los estallidos de las problemáticas locales.

Al respecto, desde la Policía de la Ciudad: “En la zona hay unidades de despliegue rápido que patrullan durante todo el día los alrededores y también el interior del barrio. En los ingresos a Villa Fraga, en Fraga, Palpa, Triunvirato y Teodoro García, hay durante todo el día, personal de la comisaría 15A. Se reforzó el patrullaje nocturno con recorridas cada treinta minutos”.

Como en toda barriada cuya arquitectura creció de forma desigual, con rincones y pasillos ocultos, el tráfico de drogas también es un problema que afecta a los adolescentes en situación de vulnerabilidad.

En el “Playón” dos grupos antagónicos se disputan la venta al menudeo de cocaína, pasta base y marihuana: se trata de “La banda del Gauchito” y “Los de la Manzana 4”. Durante el año de pandemia, la disputa por el control de la zona provocó dos enfrentamientos a tiros, con un saldo de dos muertos. Uno de los muertos se llamaba Elías, y era líder del grupo que suele reunirse en el altar del santo pagano correntino donde confluyen tres pasillos.

Este choque no fue el único síntoma de violencia reciente. El pasado 23 de septiembre, luego de ser descubiertos en un vehículo robado y en el corazón del asentamiento, cuatro delincuentes intentaron escapar en un Volkswagen Polo. En la intersección de Forest con Olleros se enfrentaron a tiros con la policía. Al menos 25 vainas quedaron en el piso.

Aquel día, tres delincuentes -dos argentinos y un peruano- resultaron capturados. El cuarto maleante, identificado como Ángel Marabotto, cayó abatido por un impacto de bala. De 23 años, se había fugado de una comisaría del conurbano pocos días antes de encontrar su muerte. Allí estaba recluido como principal sospechoso del homicidio del comerciante Carlos Moriggia, asesinado en un asalto en Pilar, en abril de 2019.

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